La isla mide apenas unos quince kilómetros en cualquier dirección, pero su costa es tan recortada y sus carreteras tan sinuosas que cada bahía parece un lugar aparte. Ahí está la gracia: una capital de tiendas libres de impuestos, una playa bajo una ruta de aproximación, un pueblo de pescadores francés lleno de restaurantes y un islote deshabitado con tortugas quedan todos a menos de cuarenta y cinco minutos unos de otros.
Hemos agrupado las páginas por lados, no porque la frontera importe al conducir (no importa; apenas la notarás), sino porque cambia la moneda de la carta, el voltaje del enchufe y el ambiente del almuerzo. El tercer grupo reúne las islas vecinas a las que se llega en el día en ferri, en catamarán o en un vuelo muy corto.

